La autonomía no se enseña. Se practica. - Latchkey Kids 2

Una situación no planeada arroja un desarrollo interesante, que podemos aprovechar en nuestros proyectos empresariales.

DESARROLLO DE PERSONAS

Katsu Watanabe

8/6/20263 min leer

La autonomía no se enseña. Se practica.

Hace algunas semanas escribí sobre los latchkey kids: aquella generación de niños que, al terminar la escuela, regresaba sola a casa porque ambos padres trabajaban. Para algunos fue una necesidad; para otros, simplemente la forma en que funcionaba la vida cotidiana.

No todos vivimos esa experiencia de la misma manera, ni sería correcto idealizarla. Tampoco sería justo convertirla en un motivo de nostalgia.

Pero sí creo que dejó una lección que sigue siendo extraordinariamente vigente.

No sobre una generación.

Sobre el desarrollo de las personas.

Existe un principio conocido como subsidiaridad, que podría resumirse en una frase muy sencilla:

No hagas por alguien aquello que ya es capaz de hacer por sí mismo.

Parece un principio simple, pero cambia completamente la forma de entender la educación, el liderazgo y el desarrollo humano.

Un buen padre ayuda a su hijo cuando todavía no puede hacer algo por sí mismo. Sin embargo, conforme el hijo desarrolla capacidad, el papel del padre cambia. Su responsabilidad deja de ser hacer las cosas y pasa a ser crear las condiciones para que el hijo las haga.

No porque sea más cómodo.

Porque es la única forma de crecer.

Con frecuencia recordamos a los latchkey kids por la independencia que desarrollaron. Pero creo que esa independencia no nació simplemente porque estuvieran solos.

Nació porque, les gustara o no, comenzaron a tomar pequeñas decisiones todos los días.

Preparar algo de comer.

Hacer la tarea sin que alguien estuviera sentado junto a ellos.

Resolver pequeños problemas cotidianos.

Administrar su tiempo.

Esperar.

Equivocarse.

Y descubrir que eran capaces.

No fue la ausencia de supervisión la que desarrolló esas habilidades.

Fue la oportunidad de asumir responsabilidades acordes con su capacidad.

Ese matiz es importante.

Porque la subsidiaridad no significa abandonar.

Significa acompañar mientras la otra persona desarrolla la capacidad de caminar por sí misma.

Y ese principio aplica exactamente igual dentro de una organización.

Con frecuencia encontramos líderes que, con la mejor intención, resuelven todos los problemas de su equipo.

Autorizan cada decisión.

Corrigen cada documento.

Responden cada correo importante.

Atienden cada cliente difícil.

Parecen indispensables.

Pero esa indispensable presencia suele tener un costo invisible.

Cada problema que el líder resuelve por alguien que ya podía resolverlo representa una oportunidad de aprendizaje que desaparece.

El problema de hoy quedó resuelto.

El desarrollo de mañana quedó pospuesto.

En el Toyota Production System existe una convicción profunda: el trabajo del líder no consiste en ser quien siempre tiene la respuesta.

Consiste en desarrollar personas capaces de encontrarla.

Eso exige paciencia.

Aceptar que otros harán las cosas de forma diferente.

Permitir errores pequeños para evitar dependencias grandes.

Resistir la tentación de intervenir antes de tiempo.

Porque desarrollar personas siempre toma más tiempo que hacer el trabajo uno mismo.

Pero es la única inversión que multiplica capacidades.

La vida actual, además, presenta desafíos que mi generación nunca enfrentó.

Las decisiones ya no consisten únicamente en cruzar la calle o preparar un sándwich. Hoy los jóvenes deben aprender a navegar un mundo digital, inteligencia artificial, redes sociales, información infinita y riesgos completamente distintos.

Precisamente por eso, el principio sigue siendo válido.

No necesitan menos oportunidades para desarrollar criterio.

Necesitan más.

La autonomía nunca ha significado ausencia de apoyo.

Significa que el apoyo disminuye conforme aumenta la capacidad.

Eso es subsidiaridad.

Y quizá esa sea una buena manera de resumir tanto la paternidad como el liderazgo.

Tanto padre como sea necesario, pero tanto hijo como sea posible.

Y en las organizaciones:

Tanto líder como sea necesario, pero tanto colaborador como sea posible.

Porque el verdadero éxito de un padre no consiste en que sus hijos lo necesiten para siempre.

Y el verdadero éxito de un líder tampoco consiste en que su equipo dependa permanentemente de él.

El éxito consiste en desarrollar personas capaces de seguir creciendo, incluso cuando ya no estamos ahí.