La empresa nunca prometió quererte
Muchos creemos que si cuidamos a la empresa, la empresa cuidará de nosotros. Pero las organizaciones no siempre toman decisiones basadas únicamente en la lealtad. Este artículo propone una perspectiva diferente: el mayor regalo que una empresa puede ofrecer no es un empleo para toda la vida, sino la oportunidad de desarrollar capacidades que permanecerán contigo mucho después de que tu puesto, o incluso la empresa, hayan cambiado.
PENSAR DIFERENTE


Hay una idea que muchos aprendemos demasiado tarde.
Creemos que si cuidamos a la empresa, la empresa cuidará de nosotros.
No solemos decirlo en voz alta.
Pero actuamos como si existiera un acuerdo silencioso.
Nos quedamos una hora más cuando hace falta.
Atendemos una llamada durante las vacaciones.
Resolvemos problemas que ni siquiera nos corresponden.
Pensamos en los clientes mientras manejamos de regreso a casa.
Nos preocupamos cuando la planta no alcanza sus objetivos.
Celebramos los buenos resultados como si fueran propios.
Y, poco a poco, dejamos de decir "la empresa".
Comenzamos a decir "nosotros".
Entonces, un día, ocurre algo inesperado.
Una reestructuración.
Un cambio de estrategia.
Una fusión.
Un recorte de costos.
Un nuevo director.
Y personas extraordinarias comienzan a salir.
Algunas de ellas son las más experimentadas.
Otras, las más comprometidas.
En ocasiones, simplemente las más caras.
La primera reacción suele ser la misma.
—¿Cómo pudieron dejar ir a alguien así?
La pregunta parece lógica.
Pero parte de una suposición equivocada.
Asume que la organización toma decisiones con los mismos criterios que una persona.
Y rara vez es así.
Las personas pensamos en relaciones.
Las organizaciones, muchas veces, responden a sistemas de incentivos completamente distintos.
Flujo de efectivo.
Mercados.
Competencia.
Estrategia.
Accionistas.
Tecnología.
Supervivencia.
Eso no convierte automáticamente a una empresa en una organización fría.
Ni significa que los líderes no valoren a su gente.
Simplemente significa que las organizaciones toman decisiones bajo restricciones que las personas casi nunca vemos.
Comprender eso cambia la manera en que vivimos nuestra carrera.
Porque el compromiso nunca debería depender de la promesa implícita de que alguien nos protegerá para siempre.
El compromiso tiene que nacer de algo mucho más sólido.
Del orgullo por hacer bien nuestro trabajo.
Del respeto hacia nuestros compañeros.
Del deseo de servir a nuestros clientes.
Y, sobre todo, del desarrollo de nuestras propias capacidades.
Durante años he creído que uno de los mayores regalos que puede ofrecer una gran organización no es un empleo de por vida.
Es la oportunidad de convertirte en una persona más capaz.
Alguien que observa mejor.
Que resuelve problemas con mayor profundidad.
Que sabe enseñar.
Que puede desarrollar a otros.
Porque esas capacidades no pertenecen a la empresa.
Te pertenecen a ti.
Pueden acompañarte durante toda tu vida profesional.
Una empresa puede cambiar de estrategia.
Puede vender una división.
Puede cerrar una planta.
Puede eliminar un puesto.
Incluso puede decidir que ya no te necesita.
Pero hay algo que nunca podrá quitarte.
Tu capacidad para seguir creando valor.
Quizá por eso hoy veo el trabajo de manera diferente.
Ya no espero que una organización me cuide como una familia.
Espero que sea un lugar donde pueda aprender, contribuir y crecer mientras nuestros caminos coincidan.
Y creo que las mejores empresas también entienden esa diferencia.
No intentan comprar lealtad con promesas imposibles.
Construyen entornos donde las personas salen siendo mejores de lo que eran cuando llegaron.
Tal vez ese sea el verdadero propósito de una organización extraordinaria.
No garantizar que alguien permanezca para siempre.
Sino asegurarse de que, mientras permanezca, se convierta en alguien capaz de aportar valor en cualquier lugar donde el futuro lo lleve.
